A propósito del Foro de la Revista Semana sobre la corrupción en Colombia, mi aporte al tema desde las neurociencias es que uno de los orígenes de ese gran monstruo llamado corrupción está en el cerebro y en la forma cómo gestionamos la moral desde pequeños. Así es, el origen se produce en una zona del cerebro a la que llamamos región orbito frontal, allá mismo donde se conectan las emociones y la moral, área que se desarrolla y se puede entrenar a lo largo del ciclo vital.
Nos preguntamos ¿cómo un sujeto termina volviéndose corrupto?, una de las respuestas desde las neurociencias podría ser, depende de cómo se gestionan sus emociones a través de las experiencias y el contexto desde que somos niños, adolescentes y se consolida con otros procesos cuando somos adultos.
El control de las emociones de las personas, su gestión como tal para distinguir entre lo que está bien o no sin perjudicar a otros, el sentir malestar cuando tomo algo que no me corresponde, requiere entrenamiento. La clave está en el cerebro, en la forma como nos relacionamos y se nos enseña a relacionarnos desde que somos niños y que debe continuar proceso en la etapa adolescente y de adulto.
La madre le da la vida al niño y el niño le da la vida a la madre, a través del llanto del bebé se estimula la liberación de oxitocina y eso conduce a otros procesos fisiológicos de dependencia entre la madre y su hijo, es un instinto social. En ese proceso del parto se genera un vinculo mágico llamado "apego", y esa relación nos vuelve dependientes, seres sociales, seres morales, que procuramos el bien colectivo.
Desafortunadamente la anterior relación mágica de apego, el tener empatía por los demás, se ve interrumpida o por lo menos se debilita afectando la moral, aquella que nos ayuda a distinguir entre hacer algo que me satisfaga de manera personal sin pensar en los daños que eso puede ocasionar a otros, en algunos casos.
Hay acciones y contextos que debilitan la moral y sacan a flote instintos salvajes de supervivencia individual, poca gestión emocional y racional y por tanto poca empatía social, por ejemplo, cuando al niño en el hogar no se le enseña a gestionar sus emociones y ambiciones personales, se generan modelos de indiferencia o de individualismo; otra forma de debilitar la estructura moral en esa región del cerebro es cuando nos volvemos seres aislados de la sociedad, ya sea por causas psicosociales o por acciones específicas como el consumo de drogas en el que se ponen en conflicto los procesos naturales que regulan las emociones en el sistema nervioso, con el tiempo nos vuelve más indiferentes y en casos graves nos lleva a perder el control de la moral, la razón y las emociones que nos conectan con otras personas.
De manera que la moral se debe entrenar a través de la gestión de las emociones para tomar decisiones correctas, por lo menos para no perjudicar a otros con nuestros actos. El corrupto se hace desde niño, si un niño toma algo que no le corresponde y no es corregido o retroalimentado para que sus procesos mentales identifiquen que está mal, será un niño corrupto en potencia; si un estudiante hace trampa en un exámen y no aprende a manejar esa tentación moral será un sujeto corrupto en potencia; si no me sonroja hacerle algo mal a otros, por ejemplo, no siento malestar al no devolver el dinero de las vueltas mal entregadas en la tienda de la esquina seré un sujeto corrupto en potencia; ahora imaginen ese niño, ese joven o ese adulto manejando recursos en lo público, seguramente será un corrupto y no le importará tomar los recursos públicos para su beneficio personal sin importar que con esos recursos se haya podido ayudar a mejorar los servicios públicos de salud, educación y otros beneficios para cientas de personas.
De qué manera que podemos ayudar a entrenar sujetos con cerebros más sociales, moralmente no individualistas y por tanto ciudadanos no corruptos: por ejemplo a través de la participación y relacionándonos con mecanismos de toma decisión desde edades tempranas; gestionar la moral y las emociones a través de prácticas que me involucren en procesos que me conecten con las emociones de otros y con el bien colectivo o con lo público; la práctica de las artes también son grandes generadoras de este tipo de procesos y nos ayudan a gestionar las emociones; generando educación desde pequeños sobre la necesidad de cooperación y de buscar siempre el interés general sobre el particular, etc. Hay otras formas y prácticas, aquí les he dejado solo unos ejemplos y un abrebocas para profundizar sobre el tema.
Nos preguntamos ¿cómo un sujeto termina volviéndose corrupto?, una de las respuestas desde las neurociencias podría ser, depende de cómo se gestionan sus emociones a través de las experiencias y el contexto desde que somos niños, adolescentes y se consolida con otros procesos cuando somos adultos.
El control de las emociones de las personas, su gestión como tal para distinguir entre lo que está bien o no sin perjudicar a otros, el sentir malestar cuando tomo algo que no me corresponde, requiere entrenamiento. La clave está en el cerebro, en la forma como nos relacionamos y se nos enseña a relacionarnos desde que somos niños y que debe continuar proceso en la etapa adolescente y de adulto.
La madre le da la vida al niño y el niño le da la vida a la madre, a través del llanto del bebé se estimula la liberación de oxitocina y eso conduce a otros procesos fisiológicos de dependencia entre la madre y su hijo, es un instinto social. En ese proceso del parto se genera un vinculo mágico llamado "apego", y esa relación nos vuelve dependientes, seres sociales, seres morales, que procuramos el bien colectivo.
Desafortunadamente la anterior relación mágica de apego, el tener empatía por los demás, se ve interrumpida o por lo menos se debilita afectando la moral, aquella que nos ayuda a distinguir entre hacer algo que me satisfaga de manera personal sin pensar en los daños que eso puede ocasionar a otros, en algunos casos.
Hay acciones y contextos que debilitan la moral y sacan a flote instintos salvajes de supervivencia individual, poca gestión emocional y racional y por tanto poca empatía social, por ejemplo, cuando al niño en el hogar no se le enseña a gestionar sus emociones y ambiciones personales, se generan modelos de indiferencia o de individualismo; otra forma de debilitar la estructura moral en esa región del cerebro es cuando nos volvemos seres aislados de la sociedad, ya sea por causas psicosociales o por acciones específicas como el consumo de drogas en el que se ponen en conflicto los procesos naturales que regulan las emociones en el sistema nervioso, con el tiempo nos vuelve más indiferentes y en casos graves nos lleva a perder el control de la moral, la razón y las emociones que nos conectan con otras personas.
De manera que la moral se debe entrenar a través de la gestión de las emociones para tomar decisiones correctas, por lo menos para no perjudicar a otros con nuestros actos. El corrupto se hace desde niño, si un niño toma algo que no le corresponde y no es corregido o retroalimentado para que sus procesos mentales identifiquen que está mal, será un niño corrupto en potencia; si un estudiante hace trampa en un exámen y no aprende a manejar esa tentación moral será un sujeto corrupto en potencia; si no me sonroja hacerle algo mal a otros, por ejemplo, no siento malestar al no devolver el dinero de las vueltas mal entregadas en la tienda de la esquina seré un sujeto corrupto en potencia; ahora imaginen ese niño, ese joven o ese adulto manejando recursos en lo público, seguramente será un corrupto y no le importará tomar los recursos públicos para su beneficio personal sin importar que con esos recursos se haya podido ayudar a mejorar los servicios públicos de salud, educación y otros beneficios para cientas de personas.
De qué manera que podemos ayudar a entrenar sujetos con cerebros más sociales, moralmente no individualistas y por tanto ciudadanos no corruptos: por ejemplo a través de la participación y relacionándonos con mecanismos de toma decisión desde edades tempranas; gestionar la moral y las emociones a través de prácticas que me involucren en procesos que me conecten con las emociones de otros y con el bien colectivo o con lo público; la práctica de las artes también son grandes generadoras de este tipo de procesos y nos ayudan a gestionar las emociones; generando educación desde pequeños sobre la necesidad de cooperación y de buscar siempre el interés general sobre el particular, etc. Hay otras formas y prácticas, aquí les he dejado solo unos ejemplos y un abrebocas para profundizar sobre el tema.

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